TODO CAMBIO 
PRODUCE INCERTIDUMBRE, INSEGURIDAD.


  Todos hemos experimentado lo que produce un cambio en nuestra vida. Generalmente: Inseguridad, incomodidad, incertidumbre, desconfianza ante el nuevo presente o futuro. De ahí que, para evitar tales situaciones, nos acogemos y amparamos al dicho de: 

"Más vale malo conocido,
 que bueno por conocer".
Pero... esto ...
¿Es realmente siempre cierto?

   Por un lado, la vida misma nos enseña que toda en sí es un cambio constante.
Yo no soy el mismo de hace veinticinco años, la vida me ha ido cambiando en muchos aspectos, físicos, mentales, emocionales, espirituales. 
¿Quiere decir esto que he perdido mi identidad? 
En ninguna manera, sigo siendo yo mismo, hijo de los mismos padres, con el mismo ADN  y número de identidad, ... pero he de admitir que algo si he cambiado.
(Entre otras cosas, jejeje) 

  La sociedad, el mundo, tampoco es igual hoy que en el siglo XIX y anteriores, muchas cosas han cambiado para bien o para mal, pero han cambiado. Cada día somos testigos directos de la vertiginosidad con que todo cambia. Es una realidad patente, y de hecho lo asumimos y nos amoldamos con más o menos facilidad, sobre todo a los cambios tecnológicos, científicos, políticos ... Pero qué difícil nos resulta amoldarnos a las nuevas necesidades espirituales del momento. Pareciera que cuando se habla de nuevas necesidades pastorales, de la necesidad de una Nueva Evangelización, automáticamente saltara la luz roja del alarmismo de lo intocable, creyendo que esto es cambiar nuestra identidad católica, nuestra identidad con la Tradición, las Escrituras y el Magisterio, y no paramos a pensar en los cambios de la sociedad y en la necesidad del cambio de nuestros paradigmas para afrontarlos y cumplir el fin para lo que en realidad estamos, sin perder el ADN, nuestra identidad.

Dios es inmutable, en Él no hay cambios. Su Palabra es eterna. El cielo y la tierra pasarán, pero la Palabra de Dios NO pasará. Permanecerá invariable a través de los siglos. Sin embargo, cuan revelador es ver como el Dios inmutable ha ido revelándose a sí mismo a la humanidad paulatinamente, amoldándose al hombre y a sus necesidades del momento. (Hebreos 1, 1-2)

¿Cambió la esencia de Dios por ello? 
En ninguna manera
Sin embargo, con ese proceder Suyo, sí ha conseguido cambiar el curso de la humanidad, dándose a conocer en todo Su esplendor y plenitud. 
Puesto que Dios ha cambiado su forma de revelarse en el tiempo y se ha dado a conocer en Jesucristo, la imagen misma de su sustancia, el resplandor de su Gloria, ...
¿Quiere decir eso que ya no hayan más cambios y que ya estamos en la perfección?  
En ninguna manera.
El mismo Señor advirtió a sus discípulos que estuvieran abiertos a los cambios y novedades después de su partida: 
S Jn 16, 
12. Muchas cosas tengo aún que deciros, mas no podéis llevarlas ahora;
13. pero cuando viniere aquél, el Espíritu de verdad, os guiará hacia la verdad completa, porque no hablará de sí mismo, sino que hablará lo que oyere y os comunicará las cosas venideras.

El autor de la carta a los Hebreos marca un camino hacia adelante:
Hebreos 6, 
1. Por lo cual, dejando a un lado las doctrinas elementales sobre Cristo, tendamos a lo perfecto, no echando de nuevo los fundamentos de la penitencia de las obras muertas y de la fe en Dios,

En Pentecostes nace la Iglesia. 
¿Fue esto un nuevo cambio en los planes de Dios?
En ninguna manera.
Más bien, la manifestación del sueño de Dios, un sueño escondido en Dios desde la eternidad, pero ahora manifestado. El principio de la Iglesia, una Iglesia que nadie podrá derruir, desligar de Cristo ni cambiar. Una Iglesia Viva, y como tal: "cambiante" y destinada a andar en NOVEDAD DE VIDA cada día, para cambiar así el curso de la historia  de la Humanidad.  Pero cuanto " lio ", cuanto jaleo, cuantas disputas no va ha originar la llegada de ese nuevo Compañero Divino, el Espíritu Santo. El libro de los Hechos de los Apóstoles es testigo histórico de esos enfrentamientos a los que me refiero. Enfrentamientos arduos entre unos y otros, entre judíos y gentiles, entre la Ley y la Gracia, entre Pedro y Pablo, ... y todo a causa de la obstinación humana, del apego a la letra, etapa del pasado, en lugar del apego al Espíritu junto a la Letra que nos enseña.


Qué astuto es el enemigo, el sabe que: 
Lo que no sueltas, 
no te suelta a ti. 
¡ Y cómo nos tiene sujetos !
Pero Cristo nos ha enseñado a dar, a soltar, a desprenderse de lo bueno que tenemos para recibir lo más excelente. Y a veces como niños, tenemos las manos llenas de buenas cosas y no las queremos soltar, dejar en el suelo, para agarrar las nuevas, las más excelentes y perfectas.                
No es cuestión de cambiar nada, ni de decir a lo bueno, malo y a lo malo, bueno. No es cambiar el evangelio, lo cual sería anatema. Pero tampoco podemos enfrascar a Dios en nuestros preceptos humanos.
Podemos ser agua en cualquiera de estas dos maneras, 
¿Cual escoges tú?

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