Pues de su plenitud recibimos todos gracia sobre gracia. S Juan 1, 16


Ante un mundo que clama por la misericordia y la aceptación de Dios, la Iglesia debe despojarse de todo moralismo legalista y entender que la Gracia es lo único que nos distingue del resto de los hombres.
“La Gracia es el tesoro oculto en el campo por el que el hombre vende todo lo que tiene; es la perla preciosa por la que el mercader entrega todos sus bienes.
Se dice que el cristianismo es la religión de la Gracia, es decir, la religión del perdón, de la bondad y de la misericordia. En su gran amor, Dios decidió perdonarnos a pesar de que lo único que merecíamos era la condenación eterna por nuestros pecados. La gracia de Dios es amor libremente manifestado hacia pecadores culpables, merecedores del juicio de Dios. Gracia es Dios manifestando su bondad inmerecida.
La pregunta de estos días es: ¿la Iglesia está preparada para ofrecer esa misma gracia? Ser portadores de la gracia y la misericordia es lo que nos hace diferentes al mundo. 
“El mundo puede hacerlo casi todo tan bien como la Iglesia, o mejor. No hace falta ser cristiano para construir casas, alimentar a los hambrientos o sanar a los enfermos. Solo hay una cosa que el mundo no puede hacer: No puede ofrecer la Gracia de Dios”.
La gracia es la contribución más importante de la Iglesia. Sin embargo, muchas veces a lo largo de la historia se las ha arreglado para ganarse una reputación a causa de su falta de gracia. Los que hemos sido saturados de perdón y amor todavía luchamos con un espíritu de legalismo y de superioridad moral sobre el resto de los mortales. Como rogó aquella pequeña niña: “Dios mío, haz que la gente mala se vuelva buena, y que la buena se vuelva agradable”.
 La gracia no entendida
“Las dos principales causas en la mayoría de los problemas emocionales entre los cristianos son estas: no saber comprender, recibir y vivir la gracia y el perdón incondicionales de Dios, y no saber comunicar ese amor, perdón y gracia incondicionales a otras personas. Leemos, escuchamos y creemos en una buena teología sobre la gracia. Sin embargo, no vivimos así. La buena noticia del Evangelio de la gracia no ha penetrado hasta el nivel de nuestras emociones”.
La moralización y legalización del Evangelio de la Gracia de Dios se contagia entre personas desilusionadas, que se sienten defraudadas por no haber recibido lo que tanto han esperado de los demás, ser aceptados, comprendidos y perdonados.
¿Cuán efectiva es la labor que hacemos para derramar gracias sobre un mundo que conoce muchísimo más de crueldad y de perdón que de misericordia?
La gracia no excusa el pecado, pero valora al pecador. La gracia genuina es sorprendente y escandalosa. Sacude nuestras ideas convencionales con su insistencia en acercarse a los pecadores para tocarlos con la misericordia y la esperanza. Perdona al cónyuge infiel, al racista, al que abusa de los niños. Ama al drogradicto de hoy plagado por el SIDA tanto como amaba al recaudador de impuestos en tiempos de Jesús.
En referencia al legalismo que nos rodea: no conozco nada que represente una amenaza mayor para la gracia. El legalismo puede funcionar en un colegio o en un cuartel. No obstante, hay un precio incalculable: la falta de gracia no funciona en una relación con Dios. Puede conocerse de memoria la ley sin saber lo que hay en el Corazón del Padre”.
La idea de que el hombre es rebelde, de que es culpable, sucio a la vista de Dios y que merece la condenación, para muchos es una locura. Pero ignoran que la Palabra de Dios declara: “…por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios”.
El hombre moderno hace la vista gorda de la maldad. Lo tolera en otros porque piensa que, de no haber sido por las circunstancias, él también sería así. Los padres titubean cuando tienen que corregir a sus hijos, los maestros tienen miedo de disciplinar a sus alumnos, y soportamos cualquier tipo de conducta antisocial casi sin chistar. La premisa es: mientras pueda hacerse la vista gorda, mejor; solo debe castigarse como último recurso. Se toma como una virtud la tolerancia a la inmoralidad y se censura a aquellos que se esfuerzan por vivir con principios claros.
Damos por descontado que Dios siente y piensa como nosotros. Nos parece que Él no va a hacernos pagar por nuestra maldad, que no puede ser tan malo. Que al final todos van al cielo.Pero Dios es el juez de la tierra, y Él obrará y castigará conforme a su justicia. Dios no sería fiel a sí mismo a menos que castigue el pecado.
El tercer engaño es creer que Dios finalmente aceptará nuestra moralidad. Las religiones paganas vivían dando ofrendas y haciendo sacrificios para calmar la ira de sus dioses, como una manera de sobornarlos para que tuvieran favor con ellos. Entonces el hombre actual piensa que puede hacer cosas para que Dios no pueda decir “no”. Considera que multiplicando sus beneficencias y buscando ser moralmente bueno es suficiente garantía para ser aceptados por Dios. Pero dice San Pablo “por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él” (Romanos 3,20). Nosotros no podemos reparar nuestra relación con Dios con nuestras obras. Solo ocurre mediante la redención en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre.
Una última mentira enquistada por el diablo es lo que dijo un pensador francés: “Dios ha de perdonar, ese es su oficio”. Las religiones antiguas pensaban que sus dioses estaban ligados a los que adoraban con lazos egoístas, es decir, estaban obligados a hacerles el bien. Hoy los hombres piensan lo mismo: Dios está obligado a amarnos y ayudarnos. Pero el Dios de La Biblia no depende de sus criaturas para su bienestar, ni tampoco está obligado a mostrarnos ningún favor. Dios no tiene por qué evitar que la justicia siga su curso. No está obligado a tener lástima ni a perdonar. Si lo hace es un acto que hace “por su propia y libre voluntad”. Nadie lo obliga a hacer lo que no quiere. Como dice La Escritura: “No dependen de querer o de esforzarse, sino de que Dios tenga compasión” (Romanos 9,16).
La gracia y el perdón solo vinieron por Jesucristo, a través de su muerte en la cruz, pagando por nuestros pecados. Es allí que resplandece su Gracia Salvadora. La venida del Señor a la tierra no era suficiente. La gracia no es un mero efecto de la misericordia de un Dios dispuesto por su bondad a otorgar un perdón pleno. Su santidad y su justicia absolutas tenían que ser satisfechas al mismo tiempo que su amor. Para esto fue preciso el sacrificio expiatorio del Calvario; Jesús descendió del cielo para que“por la gracia de Dios gustase la muerte por todos”.
La gracia solo puede ser recibida por la fe, porque es por fe. San Pablo lo aclara diciendo que “Y si por gracia, ya no es por obras; de otra manera la gracia ya no es gracia”. Esta es la gran noticia de la salvación por la fe; es por esta razón que la salvación a través de Jesucristo es mencionada como don de la gracia ¡Cuántas cosas serían diferentes si pudiéramos creer esta tremenda verdad!
Necesitamos gracia para ser lo que somos, como ocurrió con San Pablo, a quien la gracia le dio el valor de ser quien era y la energía para hacer todo lo que hizo. A través de ella podemos vencer nuestra propia inseguridad.
 Necesitamos gracia para aprender a través de sufrimiento. Sufrimos y nos sentimos heridos. Fallamos, desertamos y nos sentimos mal. La imperfección nos acosa constantemente, por eso, la única manera de perseverar a pesar de los dolores y las debilidades es la gracia. Ella, operando en medio de nuestra debilidad, nos capacita para llegar a ser instrumentos de poder en las manos de Dios.
 Necesitamos gracia para responder correctamente a situaciones que se nos presentan. La gracia que tiene que ver con la forma en que respondemos a nuestros semejantes. Es la palabra sazonada con sal, el tacto y las palabras apropiadas en el momento justo. Frente a la agresividad, la gracia nos hace agradables y pone un colchón a nuestras palabras.
Necesitamos gracia para mantenernos firmes en nuestras creencias. La gracia nos ayuda a mantenernos firmes frente a quienes nos quieren llevar a ceder en nuestros principios. La gracia nos fortalece, nos ayuda a no condescender ni a atemorizarnos en ambientes donde sabemos que otros detestan la fe y en los que somos objeto de burla o discriminación. “No se rindan. No abandonen. No cedan”, dice el escritor a los Hebreos 13,7.
Necesitamos gracia para someternos a las cosas que nos debemos someter. La gracia nos ayuda a despojarnos de toda soberbia y revestirnos con la humildad de Cristo. Estamos rodeados de orgullo, y este es un clásico asesino de la gracia. Pero cuando nos aferramos a ella, finalmente nos sometemos a la autoridad de Dios y de quienes Él puso sobre nosotros.
La gracia es cara porque llama al seguimiento de Jesús. Es cara porque le cuesta al hombre la vida; es gracia porque regala vida. Es cara porque condena el pecado, es gracia porque justifica al pecador. Sobre todo, la gracia es cara porque le ha costado cara a Dios, le ha costado la vida de su Hijo. La gracia cara es la encarnación de Dios. Por ese precio, por todo lo que les costó al Padre y al Hijo, vivamos en la libertad de la gracia, rechacemos todo tipo de legalismo, y practiquemos una vida de misericordia y gracia con los que nos rodean. Estaremos abriendo puertas de salvación a tantos que hoy ni se atreven a pasar por la puerta de nuestras iglesias.


Recuerda que el amor despierta amor; y el amor, una vez que ha sido despertado, desea complacer. La voluntad de Dios es que, aquellos que han sido favorecidos con su gracia deben transformarse en portadores de gracia”.


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