¡FELIZ TERCER DOMINGO DE ADVIENTO!
Me gusta pensar que Juan el Bautista, más que dudar acerca de si Jesús es o no el Enviado de Dios, está tan seguro de ello, que queriendo asegurarse de que sus discípulos jamás lo duden, no trata de convencerles él mismo con sus propias palabras, sino que les envía a Jesús para que VIENDO y OYENDO a Jesús, queden persuadidos de que sí, de que Jesús es el Mesías prometido, Aquél que había de venir.

Cuanta energía consumimos a veces,cuantos palos al aire, ... tratando de demostrar las cosas con palabras y argumentos, debates y disputas, aun sabiendo que “vale más una imagen que mil palabras”.

El Papa Pablo VI, decía: “El mundo de hoy necesita más testigos que maestros y, si acepta a los maestros, es porque antes han sido testigos”.

Cuantos ríos de tinta, cuantas palabras, esfuerzos, … para explicar, enseñar o convencer, cuando el camino más corto y eficaz puede ser el de los signos llenos de Vida.
 
San Juan Pablo II, Dives in misericordia, n.13: «La Iglesia vive una vida auténtica cuando profesa y proclama la misericordia -el atributo más estupendo del Creador y Redentor- y cuando acerca a los hombres a las fuentes de la misericordia del Salvador, de las que es depositaría y dispensadora»

Francisco también nos ha recordado que la Iglesia «tiene que ser el lugar de la misericordia gratuita, donde todo el mundo pueda sentirse acogido, amado, perdonado y alentado a vivir según la vida buena del Evangelio» (EG 114). En el anuncio de la misericordia, la Iglesia encuentra su misión. Si Dios es misericordia, la Iglesia no puede dejar de anunciar esta buena noticia de Dios. Y esto lo hace, como lo hizo Jesús, con OBRAS y palabras.

«Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven, y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios, y los sordos oyen; los muertos resucitan, y A LOS POBRES se les anuncia el Evangelio. ¡Y DICHOSO EL QUE NO SE ESCANDALICE DE MÍ!» (S. Mt 11, 1-11)

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