Domingo 3º de Cuaresma, Ciclo A

¡Oh abismo de riqueza, de sabiduría y de ciencia de Dios! 
¡Cuán insondables son tus designios e inescrutables sus caminos!  
Exclama san Pablo en su epístola a los Romanos  (11, 33), y no es para menos.

Dios llama a su Pueblo a través de Moisés,  a ser un “Pueblo en Salida”. Con anterioridad también llamó a Abraham a creer y “Salir”, a ser un pueblo bendito y en salida continua por toda la tierra.
Pero “Salir” requiere tener las ideas claras, confianza, saber, creer,  como sabe y cree un alpinista que a pesar de las nubes que le ocultan la cima en determinados momentos, sabe, cree que la cima está ahí inamovible.
Salir requiere “dejar”, porque no todo se lo puede llevar uno consigo, ni tampoco es recomendable. Pero estamos tan arraigados a las cosas que esas mismas cosas nos atan, ciegan, no nos dejan ver la riqueza hacia la que vamos, sino que el recuerdo y  la nostalgia por lo que dejamos nos inmoviliza, y aquí dedico un recuerdo a la mujer de Lot, a quién se le invitó a salir sin mirar atrás.



En aquellos días, el pueblo, torturado por la sed, murmuró contra Moisés: ¿Nos has hecho salir de Egipto para hacernos morir de sed …?
En otras ocasiones dirán que de hambre, y  lo harán recordando  los ajos, los puerros y las cebollas que comían en aquel país que les esclavizaba y les mantenía vivos sin vida.
En estos días, algunos, también torturados por cierta sed de nostalgias de un pasado no muy lejano, mirando atrás, también se sienten tentados a murmurar de aquél que, de parte de Dios,  invita a que seamos “Una Iglesia en Salida”. Sí, hablo del Obispo de Roma, a quien algunos poco les falta para que le apedreen literalmente.
Supongo que, como Moisés, en alguna ocasión se preguntará: ¿Qué puedo hacer con este pueblo? Y una vez más, el Señor dará la respuesta: 

“Preséntate al pueblo llevando contigo a algunos de los ancianos de Israel; lleva también contigo el cayado …, y vete, que allí estaré yo ante ti, sobre la peña, en Horeb;  golpearás la peña, y saldrá de ella agua para que beba el pueblo."

Proféticas palabras también para nuestros días. Palabras que se cumplen una vez más, pero solo si somos capaces de discernir que el agua que se nos da no procede del pozo de Jacob, el pozo de nuestra herencia, sino que se nos brinda un agua nueva que no solamente nos quita la sed, sino que se convierte en nosotros en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna. Toda una novedad para judíos y samaritanos. Qué mal cuando nos cerramos ante la novedad de Dios, que no es capricho ni moda, sino cumplimiento de la antigua ley y tradición. 
Sí, un agua que no es solo para ti y para mí, sino también para las periferias, para todos los pecadores, adúlteros o no. El abuso del poder genera periferias. 
Jesús no rehusó saltarse normas establecidas para llegar hasta esa mujer, y a través de ella a toda Samaria, la cual creyó no solo por sus palabras, sino por la Palabra de Dios. Jesús rompe los esquemas, no le importa “lo que diga la gente”. Solamente le importa el bien de aquella que está hablando con Él, y el bien de todos aquellos que leeríamos sus palabras.


Qué diferencia tan grande cuando las personas dejan de creer solo por lo que humanamente les decimos, de oídas, y pasan a creer por el testimonio vivo, el encuentro con el que es la Palabra de Dios, reconociendo a su vez que Cristo es el Salvador de ellos y  del mundo.
Mundo: Gustad y ved cuan bueno es el Señor




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